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domingo, 30 de septiembre de 2018

Asesinos sin rostro (Mördare utan ansikte)

Relectura de la primera novela de Mankell con Kurt Wallander como protagonista. Vuelvo a él pasados más de 10 años de su primera lectura y con la sensación que es una lectura, que enmarcada en su contexto histórico, acabado de caer el Telón de Acero, no pierde vigencia, ya que trata unos temas que han estado siempre presentes en la historia de la humanidad: la codicia, los movimientos migratorios y el miedo al extraño, al foráneo, al extranjero, al que tiene una apariencia externa muy diferente a la tuya.


En una granja de Escania, aparecen el cadáver de un granjero jubilado y su mujer maniatada y sometida a numerosas agresiones. Wallander, avisado por unos granjeros vecinos, comienza la investigación. Espera que la mujer, hallada con vida, les pueda dar información sobre los asesinos. Las últimas palabras en vida de la mujer son extranjero.
Esto hace que se planteen que los sospechosos sean extranjeros, probablemente inmigrantes. Esta suposición viene de la existencia de campos de refugiados, nos encontramos a principios de los 90, con el aluvión de ciudadanos del Este buscando fortuna en los países occidentales.
A causa de un chivatazo a la prensa, desde la propia comisaría, se conoce el supuesto origen extranjero de los agresores. Esto lleva aparejados una serie de ataques contra los inmigrantes que culminan con el asesinato aleatorio de un refugiado africano. Esto provoca que a la investigación sobre el asesinato de los granjeros se una la investigación sobre el asesinato racista.
A partir de estos hechos, Mankell construye un relato que se asienta en tres pilares narrativos: la resolución de los casos, un análisis de la sociedad sueca desde las motivaciones de los crímenes y la propia vida personal de Wallander.
Mankell pone en boca de Wallander sus opiniones sobre la evolución de la sociedad sueca y sobre como le afectan los nuevos tiempos y acontecimientos históricos, como son la reciente caída del Telón de Acero, con la llegada de miles de inmigrantes de la Europa del Este que se unen a los ya tradicionales de otras geografías donde la miseria, la guerra y la falta de libertad están enquistadas. Nos pone ante la encrucijada de como actuar ante este nuevo fenómeno, como el papel de la prensa tiene es caudal para difundir una idea, como el estado no está preparado para estos fenómenos, que desbordan a la cultura de no control de las democracias nórdicas.
Mankell pone en tela de juicio la capacidad del estado y de sus medios, tanto para la policía como para los servicios sociales encargados de los emigrantes. Igualmente, critica la actitud de la prensa, de su nuevo interés por la carnaza, la exclusiva y la noticia impactante y no por la información, por rectificar cuando tiene que hacerlo y por la falta de ética y escrúpulos.
En paralelo, Mankell construye a un personaje en el que su vida personal se va desmoronando, con la llegada de esos nuevos tiempo, como si este derrumbe fuese paralelo al de la sociedad sueca. Se acaba de separar, la relación con su hija se está volviendo inexistente, la tensa relación con su padre se agrava con los primeros síntomas de demencia de éste y su nueva vida personal, desde el divorcio, es un caos y no consigue darle un mínimo de estabilidad.
Mankell señalaba entonces los síntomas de la enfermedad que está asolando la sociedad sueca: una xenofobia creciente, justificativa de las crisis y del empeoramiento de la situación material de los suecos, como si los inmigrantes fuesen tanto competidores en el mercado laboral y destinatarios de todas las ayudas sociales.
Mankell inicia con Wallander una serie de novelas que pone en el punto de mira el mundo actual y, en particular, a la sociedad sueca, que ya da síntomas de cierto resquebrajamiento de sus cimientos morales y éticos.


viernes, 12 de enero de 2018

Perros salvajes

Cuando vas a elegir un libro con prisa, rápidamente, no te para a pensar en exceso, va a los nombres que se te pasan por la cabeza a la primera, "tus clásicos", que nada tienen que ver, habitualmente, con los que se definen como clásicos de la literatura universal. Rankin y su inspector Rebus es uno de estos "clásicos".


En esta ocasión Rankin nos explica dos historias que acaban convergiendo en Rebus. Un Rebus que ya está jubilado, pero al cual, los acontecimientos acaban convirtiendo en la fuerza motriz sobre la que se desarrollan.
Por un lado, está el asesinato de un importante político y jurista escocés y por otro, una operación de seguimiento de un gangster de Glasgow, que está de gira por toda Escocia y está, en esos momentos, en Edimburgo. La implicación de Rebus se materializa cuando su viejo rival, el gangster local Cafferty, es atacado pero no admite la situación, y la antigua colaboradora de Rebus, Siobhan Clarke le pide a este que intente hablar con Cafferty para que le explique la versión real de los hechos. Ambas tramas van cruzando personajes constantemente, ya que hay quien cree que el gangster del Glasgow está implicado en el ataque a Cafferty.
Rankin lleva a Rebus de arriba a abajo, de un lado a otro para intentar averiguar quién asesinó al político y si es el mismo que atacó a Cafferty. Intenta buscar el nexo, que aparentemente no existe, que lleve a una misma persona a atacar a dos personajes tan opuestos. Durante la investigación, Rebus y Clarke consiguen relacionar un segundo asesinato, de un ganador de la lotería, con el primero. Pero no es hasta que Cafferty le realiza una confesión a Rebus, que se consigue establecer la conexión real.
Seguir explicando detalles es reventar el libro, que por mucho que le hayan dado el premio RBA de novela negra, pues no es de lo mejor de Rankin. 
La trama del equipo de seguimiento de Joe Starks, el gangster de Glasgow, que va a la búsqueda de algo que le robó un transportista, nos lleva hacia el control de territorios, a la sucesión generacional, cómo la delincuencia evoluciona, en el fondo y en la forma, pero con el mismo objetivo, controlar todo aquello que da dinero y que la ley  lo persigue. Aquí se trata de los infiltrados, de hasta donde dejar actuar antes de intervenir, del peligro de pasarse al otro lado... En esta trama, es importante Malcolm Fox, protagonista de otro libros de Rankin y que también aparece en otras entregas de Rebus.
La otra trama, la de los asesinatos y el ataque a Cafferty nos acaba llevando al encubrimiento de actitudes reprobables, repugnantes y vergonzosas, como son los abusos a menores y, lo que es más terrible, el uso de las instituciones públicas de acogida de menores usados como parques recreativos de depredadores sexuales que son la flor y nata de la sociedad: políticos, magistrados, policías, burgueses... personajes que gozan de una respetabilidad y, sobre todo, de contactos para poder satisfacer sus apetitos y bajos instintos.
En esta novela, la familia tiene un papel muy presente: el padre de Malcolm se encuentra en las últimas, lo que provoca en él una serie de sentimientos encontrados y un cierto tour de force con su hermana. Igualmente, Joe Starks, que lleva a su hijo en su viaje, acaba con el shock del asesinato de su hijo, sobre el que tenía ciertos reparos por su ambición y un recuerdo sobre la madre de éste, fallecida tiempo atrás y a la que añora. Incluso Rebus, tiene un ataque de "familismo". En una de sus búsquedas acaba viajando a la zona de Escocia donde viven su hija y su nieta, a las que visita y que tiene un pequeño rincón en sus pensamientos y corazón. Y, sobre todo, la relación familiar que se establece entre uno de los adolescentes víctimas de los abusos y su hijo, y el porqué de su comportamiento.
Creo que la novela es justita, no está al nivel de las primeras, Rebus ya no es el personaje que se nos presentaba hace más de una década. Creo que está poco explotada esta versión jubilada, podría ser mucho más agrio, más cínico, con una mirada mucho más crítica de todo, sobre todo desde el punto de vista de la experiencia y del tiempo pasado, esa mirada que te da el paso del tiempo, esa perspectiva que abarca un campo de visión de largo recorrido. Da la sensación de encargo, de personaje agotado, de intentar seguir dándole vida, por no saber como matarlo. Igual no hace falta, solo hay que dejar que, como todo lo viejo, acabe en el baúl de los recuerdos, hasta que alguien recupere su recuerdo, o no.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Tres días y una vida

¿Puede tu vida cambiar por un arrebato sobre alguien inocente, por algo hecho por una tercera persona? La respuesta está en esta novela de Pierre Lemaitre. Bueno, no sé si es la respuesta, pero es una respuesta.
La ira, esa fuerza motriz de los más atávicos, primitivos e irracionales sentimientos que se materializa es un instante y que cambia la vida de las personas de manera determinante.

El libro está dividido en tres momentos: 1999, 2011 y 2015, y son períodos muy cortos de tiempo, no es un relato continuo en el tiempo.
Antoine, el protagonista de la novela, un adolescente de 12 años, que se encuentra atrapado en un pequeño pueblo, en el que todo está tan compartimentado y en el que todo el mundo tiene su lugar, sin apenas oportunidades, salvo que huyas, en un arrebato, en un ataque de ira, ataca al Rémi y lo acaba matando. Antoine ataca a Rémi por que el padre de Rémi ha disparado y matado a su perro, del cuál Antoine estaba muy encariñado.
Al comprobar que Rémi está muerto, y tras darle muchas vuelta, tira el cuerpo a un agujero en medio de un bosque abandonado. A partir de ese momento, los siguientes días de Antoine se convierten en toda una pesadilla, siempre bajo tensión, esperando el momento en el que la policía entre en casa a detenerle. Observa como todo transcurre a su alrededor. Como reacciona la familia de la víctima, los vecinos, como se organiza el pueblo para las batidas, para intentar encontrar a Rémi, que para los demás solo está desaparecido. Al final, una gran tempestad, que provoca estragos en la población, hace que la búsqueda quede en segundo plano y Antoine se cree libre de toda culpabilidad.
La acción se retoma 12 años después, cuando Antoine, estudiante de medicina, vuelve al pueblo a ver a su madre. Una noche, de las pocas que pasa en Beauval, en una fiesta de cumpleaños del propietario de la tienda del pueblo, coincide con Émilie, el amor platónico de adolescente.  Tras una breve conversación, Antoine se marcha y, de camino a casa de su madre, se encuentra de nuevo con ella, que acaba en un encuentro sexual desaforado, como una revancha al pasado. 
Al cabo de las semanas, Émilie se planta en casa de Antoine, en Paris, para comunicarle que está embarazada, que él es el padre y que debe asumir su responsabilidad: casarse y reconocer al hijo. Antoine, lo rechaza de plano y le propone abortar, lo que supone una ofensa para ella, de profunda educación católica.
En esta visita, su madre le informa que, en el lugar donde ocultó el cadáver de Rémi, van a construir un parque de atracciones, lo que supone volver a la tensión que vivió aquellos días tras matar a Rémi.
Todo parace olvidado, hasta que a causa de un accidente, la madre de Antoine se queda en coma y tiene que volver a Beauval. En esos días, el padre de Émilie le presiona para que se responsabilice de su hija y de su futuro nieto. Antoine vuelve a negarse. Pero en esos días, con las obras de acondicionamiento del bosque y de construcción del parque, aparecen los resto de Rémi y se le practican las pruebas de ADN para confirmar su identidad, así como las de un cabello hallado en los restos y que no pertenecía al niño asesinado. 
Ante la negativa de Antoine, el padre de Émilie le amenaza con pedir pruebas de paternidad para obligarle a casarse, con llevarlo todo ante un juez. El miedo a no saber que pasará con los resultados de las pruebas, en qué base de datos quedarán los resultados y quién los podrá consultar, hace que Antoine acabe aceptando el matrimonio, como mal menor, lo que para él supone una cadena perpetua por el crimen que cometió tiempo atrás.
La última parte muestra la vida de Antoine en Beauval, como médico rural, con un matrimonio farsa, en el que Émilie es poco escrupulosa con la fidelidad y con un hijo al que le costó tomar cariño. En su consulta, recibe la visita del charcutero que empleaba a su madre, el cual le acaba confesando que tenía una relación con ella y, que el día de la desaparición de Rémi, ambos le vieron como huía corriendo desde el bosque donde hallaron los restos tiempo atrás.
Pocas veces hago una sinopsis tan larga, sobre todo de un libro de poco más de 200 páginas. Y, eso que dejo a muchos personajes y situaciones fuera. 
Haciendo la reflexión reposada de la lectura, esta tiene una profundidad tremenda y eso que mientras lo lees no lo parece, es un libro que va generando sustrato, que reposa en tu cerebro, cociéndose a fuego lento, para luego sacarle todo el sabor.
El libro se enmarca en un momento actual, es contemporáneo a nosotros, pero si le quitas cuatro objetos que determinan el momento actual, podría ser de cualquier época. La historia es atemporal.
Lemaitre nos muestra una sociedad rural, socialmente atrasada, a pesar de los toques de modernidad (el paso de jugar en el campo a jugar en casa con una Play Station), de valores rígidos, muy marcados por el qué dirán y las apariencias, con el peso omnipresente de la religión y las fiestas religiosas como el gran acto social, aunque el resto del año la iglesia presente un aspecto cada vez más despoblado. Cómo toda sociedad rural, nos muestra todos los tópicos de las relaciones sociales: clientelismo, sumisión, rencillas, odios atávicos, venganzas, traiciones, hipocresía...
Éste es el marco en el que se desarrolla la historia, luego está el tormento y la sangre fría de Antoine para manejar la situación. Lemaitre consigue que no se le tome como a un vil asesino, que todo el sentimiento de culpabilidad, el miedo a la cárcel y, sobre todo, la vergüenza que pueda provocar a su madre, compensen, en cierta manera, el arrebato asesino y la frialdad para decidir esconder el cuerpo y mentir sobre lo que hizo aquel día.
Ese tormento interior, junto con su papel secundario y faltas de perspectivas en Beauval, son los que le impelen a huir de allí y no querer volver. 
Antoine carga durante todo el relato con ese peso, lo que le provoca grandes angustias que acaban somatizándose en su vida, de una forma u otra: intenta fugarse en aquellos días de 1999, intenta suicidarse, su relación con su novia en París flaquea en términos sexuales, acaba dejándola para casarse con Émilie.
Creo que el relato es tiene su moraleja, como las fábulas, en la que al final el que la hace, la paga. La justicia no castiga a Antoine, pero sí la vida, y su condena es a perpetuidad, y en una prisión, que no es otra que el pueblo del que siempre quiso huir. Por otra parte, está la cuestión del honor de la familia, de cómo se llega hacer lo que sea para evitar la vergüenza, ya sea propia o de la descendencia, papel que ejemplifica la madre de Antoine.
Pd.: cuando empecé a escribir, tenía la sensación de no saber qué decir, pero al final ha sido de las entradas más largas. La vida y sus incongruencias.

jueves, 13 de julio de 2017

Maigret.

Maigret es la novela de Simenon que lleva como título el apellido del famoso comisario. Aunque por el título pareciera ser la primera de la serie, no es así, transcurre con el comisario ya jubilado.


Como todas las novelas de Maigret, estamos ante un corto relato, no llega a las 200 páginas, pero bastan y sobran para lo que Simenon quiere explicar.
Como ya he dicho, nos encontramos a un Maigret jubilado, que vive en el campo, lejos del bullicio de la Ciudad de las Luces.
Una noche, la tranquila rutina de Maigret se ve interrumpida por la llegada de su sobrino Phillipe, oficial de policía, que angustiado le explica a su tío que es muy probable que la policía venga a arrestarle como presunto asesino de un delincuente que regenta un club nocturno.
Tras las explicaciones de su sobrino, Maigret decide ponerse en marcha hacia París para intentar averiguar todo lo concerniente al suceso relatado por Phillipe. Dado el carácter apocado de Phillipe, Maigret no duda de su palabra y se adentra en los entresijos de la noche parisina y de los clubes nocturnos, donde el consumo de estupefacientes y de sexo es moneda corriente.
Una vez repasadas las pruebas, las declaraciones de su sobrino e inspeccionado sobre el terreno, el lugar de los hechos y los presuntos implicados, Maigret cae en la cuenta de que no hay manera material de librar a su sobrino de la acusación de matar a un pequeño delincuente, testaferro de un importante delincuente, que ejerce, a ratos, de confidente de la policía.
Junto a esta falta de pruebas que inculpen al verdadero asesino, Maigret cuenta con la aversión del comisario que ocupa el puesto que él ocupó en el pasado, lo que le obliga a recurrir a instancias superiores, para poder poner en práctica su plan.
El plan consiste en hacer confesar a los instigadores y ejecutores de los crímenes, tanto el que se imputa a su sobrino, como otro anterior.
Obviamente, Maigret se sale con la suya y consigue eliminar las sospechas que recaen sobre su sobrino en la comisión del crimen.
Volvemos a tener al Simenon de siempre, el que nos detalla la situación a resolver por su comisario, y nos da pinceladas de todos aquellos que tienen un papel medianamente destacado en la trama. La trama es obvia: presentación del caso, desarrollo de la investigación y desenlace. Sin artificios, sin grandes enredos que lo compliquen todo.
La novela, escrita en 1933, ya nos presenta a un París en el que ya corren, por la noche parisina, todo tipo de sustancias recreativas que conducen a la adición. De hecho, el motivo del asesinato es evitar el registro de un club en el que se sospecha que hay un alijo de cocaína. Como curiosidad, hay una conversación en la que una prostituta le relata a Maigret su experiencia con el éter (conseguido en la farmacia) y dos o tres clientes, que lo único que quieren es colocarse.
Creo que muchos de los que se quedan atrapados por narrativas contemporáneas en las que las drogas tienen un papel preponderante, deberían leerse a autores de la primera mitad del siglo XX. Descubrirán que ese mundo de desfase y consumo de los setenta y los ochenta, no es tan novedoso como parece. Y, mucho menos, en la narrativa actual.
Ficha del catálogo de la Biblioteca Nacional

miércoles, 22 de marzo de 2017

El secreto de la modelo extraviada

Decepcionante Mendoza en la última aventura del detective sin nombre, del protagonista de otras grandes novelas de Eduardo Mendoza.
Creo que va a ser una entrada corta, puesto que no hay mucho que contar, y lo que explique flaco favor le va a hacer al autor (aquí de sobrado, como si tuviese 15.000 lectores).


Intenta ser una novela nostálgica, como lo son la de Francisco González Ledesma y su Méndez, aprovechando a este personaje para un "viaje" en el tiempo, recordando sus desventuras durante un caso en el que se vio envuelto en los ochenta. Un intento de rememorar aquella Barcelona desaparecida, menos cosmopolita pero más canalla, pero ni esto consigue.
La novela tiene dos partes. La primera nos expone el caso en el que se ve implicado el famoso detective sin nombre, habitante de una institución mental, sobre la muerte de una modelo. Su cometido no es otro que ser cabeza de turco. Las idas y venidas del anónimo detective solo sirven para ir viendo como se desarrolla el caso, pero ya está, no es tan analítico como en otras ocasiones sobre la sociedad que envuelve al misterio. En la segunda parte, fruto de la casualidad, retoma aquellos hechos que no se resolvieron de forma satisfactoria para su entender y acaba resolviendo el misterio.
Siguen apareciendo los personajes de otras entregas, como su hermana y el comisario Flores, pero son mucho más anecdóticos.
La verdad es que no se puede sacar mucho de este libro, parece hecho por encargo, una exigencia contractual. La ironía y sarcasmo que destilaban anteriores entregas, ahora se diluye y no aparece sino puntualmente.
Esa visceralidad contra las clases pudientes, se ha quedado en una nadería, en un esbozo, un apunte, de todo aquello que todos intuimos.
Se le puede entrever una crítica a la moda actual de vestirse de fosforito y salir a correr, cosa que ya pasó por los ochenta y que entonces era jooging o footing y no running, como lo es ahora. Esboza una punzada sobre esa Barcelona que se quería modernizar en los ochenta y que ahora es moderna, pero más de fachada y de algunas fachadas. 
El personaje más curioso es un ex-guardia civil que deja el cuerpo para hacerse travesti y vivir de los vicios ocultos del resto de hombres, pero que al final tiene que reingresar. Lo curioso que aporta el personaje es la evolución de los gustos de aquellos que viven dentro de un armario o que tienen esos pequeños vicios inconfesables. Cómo dentro del "gremio" tiene que evolucionar una persona según cumple años y cambian los tiempos y los clientes.
Realmente, las sonrisas que te arranca en determinados momentos y un par reflexiones brillantes, no son suficientes como para disfrutar de su lectura. Lo dicho, huele a encargo, a que hay que tener algo preparado para Sant Jordi y poder facturar.

martes, 25 de octubre de 2016

Asesinos sin rostro

Volvemos a una relectura, en esta ocasión el debut de Kurt Wallander como personaje de cabecera de Henning Mankell, Asesinos sin rostro.




El inicio de la serie de novelas de Wallander es una meritoria narración sobre los acontecimientos que envuelven a un horrendo crimen cometido sobre dos ancianos agricultores en una granja de Escania, al sur de Suecia.

Una vez hallados los cuerpos de la pareja de ancianos, sometidos a una violencia gratuita, rozando la tortura, Wallander se encarga de la investigación. Ésta se realiza siguiendo el sentido común y la metodología, que en aquellos momentos, años noventa, se cree que es la adecuada y la que permiten los medios (olvidaos de CSI y similares). Entre las escasas pistas, tienen el nudo corredizo que rodeaba el cuello de la anciana al ser hallada, con un hálito de vida, y las última palabras de ésta, "extranjero".
La investigación comienza en ese punto y con todos los conocidos de la pareja asesinada: hijos, vecinos, familiares...

En paralelo, y como consecuencia de una filtración de a la prensa de esas últimas palabras, Wallander se encuentra con una complicación añadida, el brutal asesinato de un refugiado africano, que le obliga a redoblar el esfuerzo para hallar a todos los asesinos. Esta trama se resuelve de manera más rápida, a partir de declaraciones de testigos y de una torpe denuncia de uno de los culpables, ex-policía. Esta parte puede parecer superflua, pero tiene su sentido en el conjunto de la novela, ya que trata sobre un tema muy candente en ese momento de la historia y que preocupa mucho a Mankell, la inmigración y sus consecuencias y efectos sobre una sociedad cambiante.

La investigación de Wallander le lleva a descubrir la doble vida del anciano asesinado: había hecho tratos con los nazis durante la guerra, consiguiendo unos suculentos ingresos, que ocultaba a toda su familia; había tenido un hijo con otra mujer, a la que le entregaba dinero regularmente como manutención.

Toda su vida profesional se mezcla con la personal: se acaba de separar de su mujer; no ve a su hija emancipada, que tuvo un intento de suicidio; su padre comienza a dar síntomas de un deterioro alarmante, hasta creer que tiene demencia; su mejor amigo en la policía está enfermo de cáncer; y la fiscal suplente le genera una serie de sentimientos que le llevan a actuar puerilmente.

Creo que el personaje de Wallander lo construyó Mankell para dar su visión de como estaban los tiempos cambiando a partir de la caída del Telón de Acero. Esta novela es de principios de los noventa, con el derrumbe del sistema comunista y las ingentes cantidades de ciudadanos de esos países huyendo hacia Occidente.

Mankell vehicula en Wallander todos aquellos temas que le preocupan del mundo y momento que le toca vivir: el principal motivo del libro es la inmigración y sus consecuencias. Le preocupa como y donde vive la gente que viene de fuera, cómo lo percibe los suecos que reciben a toda esa nueva población, qué hace el gobierno para gestionar la situación, cómo rebrotra la xenofobia y el nacionalismo identitario que reacciona de manera violenta (el asesinato del inmigrante y el incendio de un campo de refugiados, son las máximas expresiones en el libro). 

Otro tema que preocupa a Mankell es cómo se puede llegar a esa violencia extrema en el paraíso sueco. Ve esa violencia como un signo de cambio de la sociedad, hasta el punto de replantearse si para esos nuevos tiempos hace falta una nueva policía. Como curiosidad, la policía va desarmada. En el desenlace de la novela, Wallander se sorprendre, ante la reacción de uno de los asesinos, de ir a detenerlos y no llevar su arma reglamentaria.

Es una lectura sencilla, concisa, sin artificios, con el ritmo justo para seguir con ánimo la lectura. No hay un virtuosismo lingüístico, ni la temática la necesita ni lo pretende.

Respecto al género, no es una novela al uso. Sí que hay unos asesinos, un policía que busca la resolución y la justicia, pero el interés del libro va en lo que hay en segundo plano, en esa sociedad que está cambiando, que reacciona sin sentido, con una violencia inusitada. Wallander no es un policía superdotado, una mente privilegiada que abruma con sus argumentos y deducciones, ni un implacable policía que venera la ley y la cumple a rajatabla.





domingo, 11 de septiembre de 2016

Peores maneras de morir.

Estamos ante la última entrega del comisario Méndez, aquí se acaban las aventuras, desventuras y los pensamientos del singular inspector de la policía que se mueve por lo más recóndito de la geografía barcelonesa.
Y es la última entrega por que, por desgracia (aunque no hay nada eterno), el autor, Francisco González Ledesma falleció un par de años después de publicarla.
Nos encontramos de nuevo a Méndez mezclando lo mejor y lo peor de la sociedad, los barrios altos y luminosos, con los barrios bajos y grises, lo que no quiere decir que haya una correlación entre lo mejor y los barrios altos y lo peor y los barrios bajos. Básicamente, hay una mezcolanza de todo.


A partir del asesinato de dos mujeres en un piso de un edificio que está a punto de ser desalojado para su demolición, González Ledesma nos introduce por el sórdido mundo de la prostitución y de la trata de blanca, bueno, el comercio de mujeres, sea cual sea el color de su piel, para dotar a los burdeles de todo tipo, clase y distinción de mercancía necesaria para satisfacer la demanda de todo tipo y condición.
Con Méndez volvemos a descubrir un sinfín de personajes de todo pelaje, pero en esta ocasión, se centra en gente de postín, abolengo y gran cartera, sobre todo gran cartera. En la procesión de personajes nos encontramos con el magnate del tráfico de carne, que obviamente está muy bien relacionado (participa en los programas de caridad del obispado); una joven ucraniana, obligada a prostituirse, que huye de la organización y que usa todo su odio para huir y vengarse; una mujer de la alta sociedad, joven viuda, que dedica toda su vida a la caridad y la virtud católica; una vieja ex-prostituta que acoge a la fugitiva ucraniana, en la que le pesa la pérdida de un hijo cuando era joven; y un sinfín de sicarios sin entrañas, ni escrúpulos, todo frialdad, entre los que destaca un castigador profesional de fugitivas, el cual tiene un final atroz (desde el punto de vista masculino).
Ledesma trama una historia como excusa para hablar de lo de siempre, de la falsedad de la sociedad, de la ley y de la justicia. A la trama solo se le puede pedir consistencia, que tiene en gran parte, aunque quedan hilos colgando. En esta ocasión Méndez es menos Méndez, sobre todo por que Barcelona deja de ser un personaje, pasa a ser un mero escenario, ya no hay esa añoranza de un pasado, no se sabe si mejor, pero sí con un espíritu, una humanidad que la actual ciudad no transpira.
Tengo la sensación que esta novela fue más una obligación que un deseo o resultado de la voluntad, una manera de cerrar el círculo del carismático y singular inspector, pero que no ha conseguido ese objetivo. No se puede decir que sea un mal libro, pero no es más que un libro correcto, pero al que le falta alma, mucha alma, toda la que en otras ocasiones destilaba el protagonista, como observador privilegiado de los lugares más y menos privilegiados de la ciudad.
El tema sobre el que escribe, el tráfico de mujeres y la ley, cómo la ley no castiga al traficante con la contundencia que debería, habida la magnitud del delito y la falta de escrúpulos y moralidad, es algo que está ahí, que no está disfrazado, ni escondido, que está en las calles y en las carreteras, a pie de asfalto o en los innumerables clubes de neón que salpican toda la geografía, pero que hay otro nivel, uno en el que en los lugares más discretos y más refinados, se pueden encontrar verdaderos pozos de cieno en lo que se hunde la condición humana, tanto la de la mercancía como, más aun, la del comprador.
Hay momentos en los que parece que tanto Méndez, como el propio Ledesma, hayan perdido la fe en la humanidad, en la justicia y en la ley, sobre todo en la ley, y que a pesar de ser un personaje con cierto aroma reaccionario, no pierde la noción de justicia en ningún momento, pero parece no creer ya en la democracia y sus valores, de los cuales siempre ha sido escéptico, sobre todo empieza a dejar de creer en el que todo el mundo tenga derecho a la vida, sobre todo aquel que no ha respetado nunca la ajena, ni su vida, ni su libertad.
Hasta aquí llegó Méndez, siempre nos quedará su re-lectura, sobre todo para recordar aquellas calles que, el dinero, la avaricia y el olvido, han hecho desaparecer y que se van difuminando en nuestro imaginario y recuerdo.



miércoles, 13 de julio de 2016

El ejército furioso.

Cuando acabo una lectura, rara vez planifico la siguiente, aún sabiendo que quedan pocas páginas. Cuando me sucede acaba recurriendo a uno de mis habituales, en esta ocasión fue Fred Vargas, de la que ya me queda poco por leer, así que me toca buscar otro habitual.
Y Vargas o es Adamsberg o son los Tres Evangelistas, pero principalmente es Adamsberg, como es el caso.



En esta ocasión, a partir de un homicidio perpetrado con miga de pan, Adamsberg regresa a Normandía, donde llega tras escuchar los ruegos de una madre que le explica que su hija ha visto a un ejército fantasma que anuncia la muerte de aquellos que deben pagar por sus fechorías, pero que la justicia y la ley no han sido capaces de hacerles pagas. Paralelamente, se encuentra con el asesinato de un magnate industrial, miembro y pilar de la sociedad y, casi, del estado francés. El magnate aparece quemado en su coche, modus operandi que apunta a un joven extrarradial que se dedica a quemar coches de alta gama, pero siempre vacíos.
Ambos casos corren en paralelo, pero son los acontecimientos que transcurren en Normandía el eje de la narración.
Volviendo al argumento, durante la visita, ante la curiosidad que despierta en la singular mente de Adamsberg, aparece muerto uno de los condenados por la Mesnada Hellequin, que es como se llama el ejército en cuestión, y es agredida una anciana con la que Adamsberg entabla cierta amistad, y que descubre el muerto.
Desde ese momento, se inicia la investigación para averiguar quien ha sido el asesino y sí es cierta toda la palabrería que corre alrededor de la leyenda de la Mesnada, si los otros que fueron anunciados como víctimas mueren o no. Los acontecimientos parecen dar cierta credibilidad a la leyenda, ya que los otros dos anunciados aparecen asesinados, pero, a pesar de que Adamsberg es muy dado a no despreciar leyendas y mitos, también lo es a que exista una lógica, a la que llega de forma retorcida e intuitiva, en todo lo que ocurre.
Como siempre con Vargas, el desenlace suele ser bastante ingenioso, poco previsible, encajado con cierta lógica en el desarrollo de los hechos y en la forma de ser de los personajes.
Creo que el principal mérito de Vargas es la composición de todos sus personajes, el construir unos personajes altamente singulares, que un sinfín de particularidades, que supongo, reflejan la diversidad humana, pero que lo hace más latente al hacer que sus particularidades sean altamente extremas. En esta ocasión, destaca Émeri, un policía que es descendiente de un mariscal napoleónico y que toda su vida y personalidad gira alrededor de su devoción hacia él. Todo el personal al servicio de Adamsberg es singular y particular, todos están lejos de la anodina normalidad.
Vargas sin buscar, como sí hacen otros cultivadores del género, un sentido crítico a sus novelas, siempre deja una composición en la que se ven muchos de los déficits humanos: avaricia, codicia, odio, venganza, rechazo, temor a lo desconocido y lo oculto...
La creencia en la Mesnada es el ejemplo claro de ese temor, de como lo irracional se convierte en tradición y se incuba en la mentalidad de una sociedad, a pesar de que los argumentos racionales y la falta de pruebas constaten que no existe motivo para ese temor.
Las novelas de Vargas no dejan de ser una dicotomía entre la razón y lo irracional, cosa que se refleja en la pareja Adamsberg-Danglard. Danglard es la mano derecha de Adamsberg y refleja toda la racionalidad, el sentido crítico y el método científico, contrapunto a Adamsberg, que se mueve mucho mejor en el campo de la intuición, de los sentidos, de lo etéreo para acabar llegando al mismo fin, que es impartir justicia.
Es una lectura llevadera, bastante ágil, que no defrauda, ya que sigue los cánones que Vargas ha marcado para este personaje, para lo bueno y para lo malo, pero que parece no agotar al personaje, como sí que ocurre en otros casos. Creo que el peso de la vida y los tormento personales del protagonista son muy puntuales y no son una losa que deba soportar, no como pasa con otros novelistas, donde esa carga se hace excesiva y acaba agotando al personaje.

martes, 24 de mayo de 2016

El asesino de policías

Otra vez novela policíaca, pero nos vamos a Escandinavia. Pero no, no es ninguno de los autores actuales, los que se han puesto de moda a partir de la trilogía de Millenium de Stieg Larsson (tetralogía, ahora, para seguir exprimiendo a la gallina de los huevos de oro).

No, en esta ocasión el libro en cuestión es de los precursores, para Henning Mankell sus maestros, de la actual ola de novela negra nórdica, Maj Sjöwall y Per Whalöö. Es uno de los diez libros de esta pareja de escritores que protagoniza el comisario Martin Beck. Sí, es una costumbre de la mayoría de escritores del género el tener un personaje que articule toda su obra. ¿Será por querer convertirlos en casi mitos, como hizo Arthur Conan Doyle con su Sherlock Holmes? Quien lo sabe.


La novela trata sobre la investigación que inicia Martin Beck, como Jefe Nacional de Homicidios, sobre la desaparición de una mujer en pueblo de Escania, al sur de Suecia. La investigación gira en torno a dos sospechosos: el ex-marido de la desaparecida y un condenado por delitos sexuales (que aparece en la primera novela de estos autores Roseanna) que tiene como vecino. Las primeras pesquisas se centran en saber si la mujer se ha ido por su propia voluntad o si está muerta. Hasta aquí, no deja de ser lo clásico, investigar e interrogar a los posibles sospechosos para saber cual ha sido el destino de la desaparecida. Finalmente, unos excursionistas hallan el cadáver de la desaparecida, y a partir de ahí comienzan las pesquisas para hallar al asesino. En medio de la trama, se inserta otra trama, que parece no tener ninguna relación, en la que, tras un tiroteo, mueren un ladrón, un policía, de forma accidental, y resultan heridos dos policías más, mientras que huye un segundo ladrón. Es la caza de este "asesino de policías", la que lleva a descubrir el elemento que permite atrapar al culpable del asesinato de la desaparecida.

La curiosidad del libro es ver como se resolvían los casos apenas hace 40 años, ya que la novela es de 1974. Como las técnicas de investigación y los medios nos parecen tan antiguos, donde un ordenador es algo testimonial, donde no hay teléfonos móviles, ni internet, ni tan siquiera existían los análisis de ADN.

Sobre el protagonista, Martin Beck, parece ser una persona escéptica, taciturno, meticuloso, analítico, tanto en su trabajo, como en su vida personal. Es el cronista de la sociedad sueca de ese momento, ejerce como tal, disecciona y trata de explicar el porqué de los hechos, ya sean en el ámbito de la investigación, como en sus relaciones laborales, sociales y personales. Es un ojo crítico, que se cuestiona hasta a sí mismo.

Narrativamente, es bastante sencillo, no hay florituras, ni adornos, se va al detalle en aquello que puede ser pertinente en una investigación, con su vocabulario técnico, pero para nada en exceso. El objetivo es contar una historia y articularla para que todo tenga sentido. Como casi el 99 % de las novelas de este género, el desenlace es acelerado. Una vez tienes la prueba, todo pasa muy deprisa. Creo que es una cosa que no saben solucionar, o quizás, si todos hacen lo mismo, no hay otra forma de hacerlo.

Vayamos a lo realmente interesante del libro. Para Maj Sjöwall y Per Whalöö, la novela negra es una excusa, un vehículo, una forma amena y poco farragosa para hablar de como está el mundo y la sociedad en la que viven. La crítica que cae sobre la sociedad y la política sueca de esos años, recordemos que es el año 74, una vez ha estallado la crisis del petróleo, es feroz: se critica al gobierno, al estado de derecho, a la politización de la policía, la corrupción, la falta de expectativas para los jóvenes, a la degeneración de las prácticas policiales, la represión, la prensa y su tendenciosidad y amarillismo. Leyendo este libro, el mito de la socialdemocracia se derrumba como un gigante con pies de barro, como si fuera una leyenda a la altura de la Atlántida.

De todas las críticas que vierten sobre la Suecia de aquellos años, los autores van dejando un ejemplo: la construcción de un aeropuerto sobre unos terrenos bañados por la niebla constantemente; caravanas de periodistas persiguiendo a los inspectores; la desidia de los policías ante un hecho delictivo; la toma de decisiones de mandos policiales para poder salir en la prensa y contentar a la opinión pública, sin tener pruebas suficientes; el choque generacional y la delincuencia juvenil como respuesta; las detenciones arbitrarias de jóvenes, con pintas sospechosas, y de forma contundente, sin ahorrar violencia gratuita. Son muy críticos con el derroche en material policial, innecesario y sobre todo con los equipos antidisturbios. Ya tenían la sensación que tenemos en la actualidad, que todo se cocina entre cuatro familias, de banqueros, industriales y políticos, y que el resto estamos para poder cumplir sus expectativas de beneficio.

Es una lectura muy recomendable, sobre todo por todo aquello que no tiene que ver con la investigación, sino lo que tiene que ver con la sociedad en la que acontecen hechos como el investigados. Nos abre los ojos ante muchos de los mitos de la tan admirada sociedad escandinava. Esto me hace reflexionar sobre como era la situación por estas latitudes en aquellos mismos años. ¿Hubiesen sido capaces de poder hacer el mismo ejercicio literario o al ver el panorama se hubiesen dedicado a otra cosa?