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viernes, 8 de octubre de 2021

Los cuatro jinetes de la apocalipsis.

 Hacía tiempo que no me dejaba caer por aquí y menos para escribir sobre un libro. La neurona que va a su ritmo y que decide cuando producir y cuando no.

Siempre había estado ahí, pendiente, con ese título tan descriptivo y tan grandilocuente. La apocalipsis como paradigma del fin de la civilización. Algo de eso hay en el libro, pero claro, como ya sabéis, no fue el final de la civilización, occidental, claro. Eso, el que lo haya leído. El que no, pues no tiene ni idea. Pero vamos, que estamos hablando de la Gran Guerra, que pasó a ser la I Guerra Mundial el día que Hitler decidió ir de excursión a Danzig con sus panzerdivision.

A ver lo que recuerda mi neurona sobre el argumento o la historia que cuenta la novela: nos encontramos en el viaje de vuelta de un argentino hijo de un francés que vuelve a Francia. En el viaje, que comparte con la mayoría del pasaje de nacionalidad alemana, el tema de conversación es la proximidad de la guerra, de la cual, según la mayoría de los que copan los camarotes del trasatlántico, será ganada sin esfuerzo por los ejércitos del Reich (sí, ya era Reich con Bismark y Guillermo I). Del viaje y los devaneos sentimentales del argentino, pasamos al origen de su familia y como forjó su fortuna y el viaje de toda la familia de vuelta a la Francia, madre patria. 

El resto de la narración discurre desde los días previos al inicio de la guerra, la movilización y los primeros combates hasta la batalla del Marne y la victoria sobre los alemanes y el inicio de la guerra de trincheras.

El libro está muy bien, cierto que toda la parte que transcurre en Sudamérica puede parecer fuera de lugar, en cierto punto, desubicada, el sentido de la narración la acaba reubicando y adquiere su sentido.

Yo me he tomado el libro como una exposición de todos los deseos, ambiciones, actitudes y pareceres del ser humano. Como los acontecimientos van moldeando los pensamientos y los actos, como el determinismo de las grandes corrientes sociales, arrastran a los individuos y, en especial, como la guerra manipula y modifica todos los posicionamientos de las personas: ideológicos, personales, morales y éticos. 

La guerra no solo devora cuerpos, vidas, propiedades y territorios sino que socava los más firmes pensamientos de las personas y sus actitudes hacia terceros y, dependiendo del bando, incluso lo hace con los que son parte de tu propia familia.

La guerra lo pervierte todo, convierte en monstruos hasta al más insignificante e irrelevante de los seres humanos, como pervierte a las mentes más preclaras y son arrastrados por la vorágine de la violencia propia de los conflictos armados.

Pero, a pesar de todo lo bueno, no es perfecto y, desde mi insignificante punto de vista, le he encontrado cierta tendenciosidad. A ver, que se puede entender contextualizando la época en la que fue escrito. 

Lo primero a destacar es la animosidad contra lo germánico. Desde el principio va dejando pinceladas de la prepotencia prusiana, de como el culpable claro y sin ambages de la guerra es Imperio Alemán. Los historiadores creo que serían más cautos, ya que toda la inercia del imperalismo de finales del siglo XIX ya llevaba el marchamo de que esa carrera colonial y armamentística solo podía tener un final: la guerra. El agraviado en el pasado busca, en base a constantes provocaciones, resarcirse de su posición en desventaja frente al resto de imperio. Pero los imperios no ceden: conquistan o son destruídos.

Que nos vamos del tema. Creo que dentro de la tendenciosidad, esto es lo más suave. Su animadversión por lo germánico puede verse reforzada por el hecho que el libro podría parecer un encargo del presidente de la república francesa, Raymond Poincaré. Claro, si te llevan a ver los desastres de la guerra, vas a atenuar los excesos cometidos por el bando que te ha venido a buscar. Pero, puedes hacerte una idea que en la guerra, los excesos de un bando pueden extrapolarse al resto de contendientes.

Otra cosa que me chirría es la forzada distinción entre patriotismo y nacionalismo. Para mí, ambos términos son iguales y, quizás, sea el patriotismo el más nocivo, implica una obediencia ciega hacia ese ente abstracto que es la patria, algo más visceral, más intrínseco, algo de lo que se forma de manera inconsciente y por lo que se lucha con la misma inconsciencia. 

Es curioso como Blasco Ibáñez glorifica la renuncia a los principios y la ideología en defensa de la patria. Subordinar unos intereses difuminados, que se definen por la defensa de la integridad territorial, pero disfrazándola con ciertos valores y simbología patriótica, que hacen que esa renuncia no sea tomada como una traición a los principios que rigen tu vida.

Hay un personaje, un exiliado ruso, que es el que ejemplifica todas las contradicciones que se desarrollan en la novela: su estatus, resultado de la lucha contra la tiranía zarista y en pos de un bien social y común para la clase trabajadora, pero como su crítica al militarismo germánico, que no hace extensible al francés (la movilización no deja de ser algo parecido y un ejército no se monta en dos semanas), diluye sus principios ideológicos, dejándolos de lado, en pos de la victoria sobre ese militarismo, sin más exigencia, por su parte, de que todo continúe igual. Estamos ante la dicotomía ganar la guera o hacer la revolución, para la clase trabajadora, que será la que engrose y engrase la maquinaria de guerra sedienta de sangre (toma licencia literaria).

Creo que he divagado demasiado y que a estas horas, lo único productivo por parte de mi neurona es dejar de teclear, que puede llegar a soltar cualquier barbaridad.

Para terminar, acabar con el final, que como en todo libro es lo menos importante. Lo importante en un libro es el desarrollo, el camino que va abriendo palabra a palabra, impregnando nuestra conciencia de todo aquello que piensa que tiene relevancia para el lector, ya se con una intención o con otra, quiero decir una intención sincera o espuria.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Manual de exilio. Como aprobar su exilio en treinta y cinco lecciones (Manuel d'exil)

Tenía apuntado su nombre en una nota en el móvil, como lectura futurible, por algún comentario no recuerdo de quién ni dónde. Así que, tropezando mi vista en la estantería de la biblioteca y mi neurona en el recuerdo de la nota, cogí la novela en cuestión. Sabía, de oídas, que escribía sobre lo que escriben todos los escritores de la misma generación y espacio geográfico, de las guerras balcánicas de los 90. La cuestión era conocer su perspectiva.


Creo que es una novela de la que es complicado sacar una sinopsis, un resumen sobre la trama. Es una novela autobiográfica, que narra las vivencias del autor desde su llegada a Francia a solicitar asilo político hasta el 31 de diciembre de 1999.
Nos explica sus desventuras y avatares para poder aprender francés, conseguir un lugar donde vivir, como relacionarse con sus compañeros en el centro de refugiados y con la nueva geografía en la que se enmarca su vida.
Sinceramente, esperaba algo más, no sé, quizás he empezado por el título que no debía, pero es el que tenía al alcance. Igual en el resto de su producción literaria hace más hincapié en todo lo acontecido durante la Guerra de los Balcanes, pero que en la novela que narra su exilio en busca de refugio, las referencias son puntuales, anecdóticas, de tal modo que no recuerdo más que una referencia a la trinchera y su AK-47, pero vamos es exáctamente eso lo que recuerdo.
Parece una conversación de taberna plasmada sobre el papel, como si fuese el reencuentro con un antiguo amigo al que hace una eternidad que no ves y decides explicarle tu vida desde el momento en que os dejasteis de ver. Quizás sea esa su intención, está claro que cada uno escribe lo que quiere, lo que puede y lo que le publican, pero igualmente claro está, que yo opine sobre lo que leo. 
Parece la vida de un bohemio, de alguien que ha leído "todo lo que hay que leer y que si no has leído, no eres nadie", que transita por la geografía centroeuropea en busca de nada y encontrándose que gente que no es nada.
Quizás lo más interesante sean los personajes satelitales, que orbitan sobre la vida de Colic mientras este va avanzando en su carrera hacia su objetivo final, volver a ser un escritor, lo que ahora en una lengua nueva que va a tener que aprender.
Más que un manual de exilio, sería un diario de un exiliado o de un apátrida, pero vamos que el título es su menor problema. Quizás una relectura podría hacer replantear mi punto de vista, pero lo dudo mucho.
Si la intención era explicar lo absurdo de las situaciones en las que se puede llegar a encontrar un exiliado, pues lo consigue a medias, creo que se recrea en exceso en su "sabiondismo" y su falta de encaje en la sociedad que le acoge. Si, por el contrario, es una critica a las sociedades acogedoras y sus sistemas de acogida, pues igual, no hay crítica incisiva, ni siquiera cierta sorna o ironía.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Vestido de novia

A vueltas con Pierre Lemaitre, ahora con Vestido de novia. Lemaitre me parece un escritor brillante, no voy a decir que excelso, excelente, que con el tiempo se convertirá en un clásico, pero está en esa segunda fila de los escritores contemporáneos que hay que leer. 


Vestido de novia puede catalogarse como una novela negra, sin policías ni detectives, pero con una trama típica del género: a partir de un crimen se desarrolla toda la acción para acabar aclarando lo que ha sucedido. El libro está dividido en cuatro partes, que coinciden con los dos protagonistas y que van poniendo al lector al tanto de lo que sucede, de por qué sucedió y como va a ser el desenlace.
Las cuatro partes tiene dos narradores diferentes, que son los dos protagonistas de la novela. En la primera parte, tenemos a Sophie, que nos va contando como la locura avanza milímetro a milímetro en su interior. La acción comienza con Sophie encontrando el cadáver del niño al que cuida. La incapacidad de recordar nada, la lanza a una huida desenfrenada, la culpabilidad que siente la lleva a ir hacia adelante sin volver la mirada atrás. En su huída, aparecen más muertos, algunos de los cuales acentúan esa culpabilidad implícita sin tener consciencia de haberlos asesinado. En su plan de huída se incluye una nueva identidad y un matrimonio de conveniencia, para ella, no para el futuro esposo. Es en este momento cuando aparece el otro protagonista.
La segunda parte, narrada con la estructura de un diario, nos encontramos con Frantz que nos cuenta como consigue dar con Sophie y como se entromete en su vida y la de su marido sin levantar sospechas, como provoca en ella una serie de cambios, que hacen que ella dude de su cordura y se convenza de que va perdiendo capacidades y que su cabeza va cada vez a peor. La intromisión en la vida de Sophie alcanza límites insospechados: le esconde cosas, le cambia el coche de lugar, le cambia la medicación, espía su móvil, su correo electrónico, devuelve entradas... Una acción por acumulación que no extraña que cualquier persona en sus cabales acabase perdiendo la razón.
La tercera parte describe el desarrollo del plan de Sophie para desaparecer, buscar un marido en una agencia matrimonial y conseguir un nuevo apellido de forma legal. En esta parte, en la que ya se intuye que el candidato elegido y el vigilante de Sophie son la misma persona (Lemaitre no parece preocuparle que no se adivine), Sophie consigue su objetivo pero a la vez ve como se va hundiendo poco a poco, sin saber el motivo, no tiene fuerzas físicas ni morales para seguir adelantes. Pero por un acto fortuito, descubre la verdadera identidad de la persona con la que se ha casado.
La última parte es la ejecución, por parte de Sophie, de su liberación total, tanto de su captor como de su pasado reciente, marcado por la sospecha de ser la asesina del niño que cuidaba y del resto de cadáveres con lo que tuvo una relación en vida.
Es una lectura que, a pesar de las pistas que va dejando Lemaitre, mantiene el interés vivo en todo momento, en el que va montando las escenas en partes y que se van completando poco a poco y desde la perspectiva de los dos protagonistas. La narración de uno rellena los huecos que deja el otro, dándole una coherencia y consistencia a la narración.
Las angustias que describe de los dos protagonistas son muy vívidas. A pesar de que la persona que sufre y vive angustiada es principalmente Sophie, por razones obvias, no es menor la angustia de Frantz, que ve como su plan maestro y su objetivo final, la venganza del suicidio de su madre, se desmorona como un castillo de naipes y que es imposible reconstruir.
El desenlace es bastante lógico y algo previsible (no lo desvelo, por si alguien lo lee -el blog o el libro-), pero es a lo único a lo que se puede poner un pero. Hay un hecho que desencadena la reacción final de Frantz, que es la lectura de un informe médico sobre su madre. Como el padre de Sophie redacta ese informe y le da el contenido que tiene, es bastante difícil de justificar. Sobre todo consiguiendo que pase por veraz, viendo como de metódico es Frantz durante toda la novela. Pero, bueno, no deja de ser una novela y el autor se puede permitir las licencias y deslices que considere.
Es un libro que nos muestra dos estados de ánimo, la desesperación por la pérdida de control de tu vida y la satisfacción por el trabajo bien hecho. Angustia frente a metodismo.
He de reconocer que me costó entrar un poco en el libro, tiene un inicio algo confuso, supongo que para entrar en el estado de confusión permanente en el que se encuentra Sophie.

Ficha del catálogo de la Biblioteca Nacional

lunes, 4 de diciembre de 2017

Tres días y una vida

¿Puede tu vida cambiar por un arrebato sobre alguien inocente, por algo hecho por una tercera persona? La respuesta está en esta novela de Pierre Lemaitre. Bueno, no sé si es la respuesta, pero es una respuesta.
La ira, esa fuerza motriz de los más atávicos, primitivos e irracionales sentimientos que se materializa es un instante y que cambia la vida de las personas de manera determinante.

El libro está dividido en tres momentos: 1999, 2011 y 2015, y son períodos muy cortos de tiempo, no es un relato continuo en el tiempo.
Antoine, el protagonista de la novela, un adolescente de 12 años, que se encuentra atrapado en un pequeño pueblo, en el que todo está tan compartimentado y en el que todo el mundo tiene su lugar, sin apenas oportunidades, salvo que huyas, en un arrebato, en un ataque de ira, ataca al Rémi y lo acaba matando. Antoine ataca a Rémi por que el padre de Rémi ha disparado y matado a su perro, del cuál Antoine estaba muy encariñado.
Al comprobar que Rémi está muerto, y tras darle muchas vuelta, tira el cuerpo a un agujero en medio de un bosque abandonado. A partir de ese momento, los siguientes días de Antoine se convierten en toda una pesadilla, siempre bajo tensión, esperando el momento en el que la policía entre en casa a detenerle. Observa como todo transcurre a su alrededor. Como reacciona la familia de la víctima, los vecinos, como se organiza el pueblo para las batidas, para intentar encontrar a Rémi, que para los demás solo está desaparecido. Al final, una gran tempestad, que provoca estragos en la población, hace que la búsqueda quede en segundo plano y Antoine se cree libre de toda culpabilidad.
La acción se retoma 12 años después, cuando Antoine, estudiante de medicina, vuelve al pueblo a ver a su madre. Una noche, de las pocas que pasa en Beauval, en una fiesta de cumpleaños del propietario de la tienda del pueblo, coincide con Émilie, el amor platónico de adolescente.  Tras una breve conversación, Antoine se marcha y, de camino a casa de su madre, se encuentra de nuevo con ella, que acaba en un encuentro sexual desaforado, como una revancha al pasado. 
Al cabo de las semanas, Émilie se planta en casa de Antoine, en Paris, para comunicarle que está embarazada, que él es el padre y que debe asumir su responsabilidad: casarse y reconocer al hijo. Antoine, lo rechaza de plano y le propone abortar, lo que supone una ofensa para ella, de profunda educación católica.
En esta visita, su madre le informa que, en el lugar donde ocultó el cadáver de Rémi, van a construir un parque de atracciones, lo que supone volver a la tensión que vivió aquellos días tras matar a Rémi.
Todo parace olvidado, hasta que a causa de un accidente, la madre de Antoine se queda en coma y tiene que volver a Beauval. En esos días, el padre de Émilie le presiona para que se responsabilice de su hija y de su futuro nieto. Antoine vuelve a negarse. Pero en esos días, con las obras de acondicionamiento del bosque y de construcción del parque, aparecen los resto de Rémi y se le practican las pruebas de ADN para confirmar su identidad, así como las de un cabello hallado en los restos y que no pertenecía al niño asesinado. 
Ante la negativa de Antoine, el padre de Émilie le amenaza con pedir pruebas de paternidad para obligarle a casarse, con llevarlo todo ante un juez. El miedo a no saber que pasará con los resultados de las pruebas, en qué base de datos quedarán los resultados y quién los podrá consultar, hace que Antoine acabe aceptando el matrimonio, como mal menor, lo que para él supone una cadena perpetua por el crimen que cometió tiempo atrás.
La última parte muestra la vida de Antoine en Beauval, como médico rural, con un matrimonio farsa, en el que Émilie es poco escrupulosa con la fidelidad y con un hijo al que le costó tomar cariño. En su consulta, recibe la visita del charcutero que empleaba a su madre, el cual le acaba confesando que tenía una relación con ella y, que el día de la desaparición de Rémi, ambos le vieron como huía corriendo desde el bosque donde hallaron los restos tiempo atrás.
Pocas veces hago una sinopsis tan larga, sobre todo de un libro de poco más de 200 páginas. Y, eso que dejo a muchos personajes y situaciones fuera. 
Haciendo la reflexión reposada de la lectura, esta tiene una profundidad tremenda y eso que mientras lo lees no lo parece, es un libro que va generando sustrato, que reposa en tu cerebro, cociéndose a fuego lento, para luego sacarle todo el sabor.
El libro se enmarca en un momento actual, es contemporáneo a nosotros, pero si le quitas cuatro objetos que determinan el momento actual, podría ser de cualquier época. La historia es atemporal.
Lemaitre nos muestra una sociedad rural, socialmente atrasada, a pesar de los toques de modernidad (el paso de jugar en el campo a jugar en casa con una Play Station), de valores rígidos, muy marcados por el qué dirán y las apariencias, con el peso omnipresente de la religión y las fiestas religiosas como el gran acto social, aunque el resto del año la iglesia presente un aspecto cada vez más despoblado. Cómo toda sociedad rural, nos muestra todos los tópicos de las relaciones sociales: clientelismo, sumisión, rencillas, odios atávicos, venganzas, traiciones, hipocresía...
Éste es el marco en el que se desarrolla la historia, luego está el tormento y la sangre fría de Antoine para manejar la situación. Lemaitre consigue que no se le tome como a un vil asesino, que todo el sentimiento de culpabilidad, el miedo a la cárcel y, sobre todo, la vergüenza que pueda provocar a su madre, compensen, en cierta manera, el arrebato asesino y la frialdad para decidir esconder el cuerpo y mentir sobre lo que hizo aquel día.
Ese tormento interior, junto con su papel secundario y faltas de perspectivas en Beauval, son los que le impelen a huir de allí y no querer volver. 
Antoine carga durante todo el relato con ese peso, lo que le provoca grandes angustias que acaban somatizándose en su vida, de una forma u otra: intenta fugarse en aquellos días de 1999, intenta suicidarse, su relación con su novia en París flaquea en términos sexuales, acaba dejándola para casarse con Émilie.
Creo que el relato es tiene su moraleja, como las fábulas, en la que al final el que la hace, la paga. La justicia no castiga a Antoine, pero sí la vida, y su condena es a perpetuidad, y en una prisión, que no es otra que el pueblo del que siempre quiso huir. Por otra parte, está la cuestión del honor de la familia, de cómo se llega hacer lo que sea para evitar la vergüenza, ya sea propia o de la descendencia, papel que ejemplifica la madre de Antoine.
Pd.: cuando empecé a escribir, tenía la sensación de no saber qué decir, pero al final ha sido de las entradas más largas. La vida y sus incongruencias.

lunes, 31 de julio de 2017

Nos vemos allá arriba.

Pierre Lemaitre se ha hecho famoso por la serie de novelas del inspector Verhoeven, pues yo, para ir a contracorriente, he decidio sumergirme en la prosa del francés lo más lejos de estos libros. Mi inmersión ha comenzado con Nos vemos allá arriba. Fue una inmersión en un mar enlodazado, vamos a ciegas, sin llegar a leer ni siquiera todo lo que ponía la contraportada.
Pues ha sido un gran acierto.


La historia arranca en una trinchera francesa, en los últimos días de la I Guerra Mundial, justo antes de la proclamación del armisticio y del inicio de la desmovilización de los soldados que han servido durante esta cruenta contienda. Aquí nos hallamos con tres soldados, bueno, dos soldados y un teniente, que son el triángulo protagonista que sostiene toda la narración.
Los tres personajes reflexionan sobre lo que será su nueva vida una vez acabada la guerra, cómo encarar y encajar en la vida que dejaron atrás. Sólo uno de ellos los tiene claro, el teniente d'Aulnay-Pradelle, necesita una última acción con la que conseguir un último ascenso que le permita medrar en la vida civil y reconstruir el legado familiar perdido.
¿Cómo conseguirlo? Una patrulla, dos muertos y un discurso enardecido para conquistar una última cota, un último esfuerzo en pos de una victoria, inútil, puesto que el armisticio es cuestión de dos o tres días.
Durante esta última ofensiva, Albert Maillard se desvía de la ruta prevista y descubre que los dos muertos tienen disparos en la espalda, lo que le llena de suspicacias. El teniente Pradelle se percata e intenta acabar con las pistas y los testigos. Maillard acaba enterrado vivo en el cráter de un obús, al ser empujado por Pradelle y caerle una ola de tierra provocada por una explosión. Péricourt, el otro soldado, observa a Pradelle como, en plena ofensiva, se queda parado ante el cráter observando impávido. La curiosidad lo lleva hacia el cráter, pero la explosión enterradora de Maillard, hace que no pueda ver que estaba mirando el teniente. Al escuchar los desesperados intentos de Maillard de intentar salir de su tumba, Péricourt se pone manos a la obra y lo acaba liberando. Pero por ello paga un alto precio, a parte de una herida en la pierna, un trozo de metralla le destroza la cara, dejando un agujero en lugar de su boca y mandíbula inferior.
En ese momento, Maillard se impone una deuda de vida con Péricourt, al que asiste durante toda su convalencia.
Acabada la guerra, Pradelle consigue su objetivo, ascender a capitán e intentar hacer negocio con todo aquello que está relacionado con la desmovilización y los efectos de la guerra: compra-venta de excedentes de material de guerra, de vehículos... pero en su mente está algo más ambicioso: hacerse con contratos del estado para la gestión del traslado de los cuerpos de los enterrados en el frente hacia cementerios de caídos, concebidos como un homenaje a los caídos.
En cambio, para los dos soldados comienza una dura subsistencia. El dolor provocado por las heridas en la cara acaba provocando que Péricourt se enganche a la morfina. Maillard, que no puede aguantar el sufrimiento de su amigo, intenta conseguirle más de la que el médico le había prescrito. Los soldados no tienen la misma fortuna que Pradelle en su regreso al mundo civil. Uno por incapacidad, no puede volver al puesto de contable que ocupaba antes de la guerra y el otro por su enfrentamiento a su padre, un adinerado e influyente banquero.
Mientras Pradelle sigue medrando utilizando sus contactos en el ejército o a través de su suegro, el padre de Péricourt (éste nunca lo sabrá), ambicionando reconstruir su patrimonio familia y restaurar su apellido, Péricourt y Maillard, malviven, sobreviven y padecen las miserias de los desmovilizados con el añadido de la incapacidad de Péricourt y su adicción.
Lemaitre teje una brillante y reflexiva historia sobre como la guerra y la postguerra influyen en las personas según sea su posición en el retorno. Cómo uno, mediante sus contactos, va cosechando una gran fortuna, conseguida de forma miserable, escatimando hasta el último céntimo para poder llegar a su objetivo en el mínimo tiempo posible; mientras los otros sufren todas las vejaciones de los héroes a la vuelta del frente. Maillard encarna el personaje que sufre todo esto: no poder volver a su trabajo anterior, perder a su novia por no tener un trabajo digno y por el tiempo pasado en el frente, acabar haciendo los trabajos más despreciados por el resto de la gente, el desprecio de aquellos que quedándose en la retaguardia miran con altivez a los ex-combatientes por creerse con unos derechos por el solo hecho de estar malviviendo en trincheras.
No sé que habrán visto otro, pero yo veo una crítica a todo lo que envuelve el poder, el dinero, la guerra y las relaciones sociales. La guerra, ya sea durante o después, como un vehículo para hacer negocio, para que unos desalmados se lucren y no tengan consideración con el que ha sacrificado su vida. La hipocresía a través del reconocimiento del ex-combatiente mediante la construcción de monumentos, sufragados con suscripciones populares, construcción que es abono de corrupciones y estafas. De hecho, Maillard y Péricourt acaban ejecutando un gran estafa aprovechándose de esa fingida e impostada sensibilidad por el recuerdo el caído, mientras se humilla e ignora al que regresó triunfante.
Las relaciones familiares están muy presentes: Padrelle por que ya no tiene; Maillard por que quiere formar una, pero le deja su novia, y además tiene una madre que siempre está poniéndolo por los suelos; y Péricourt, por la incompresión de su padre, la añoranza de su madre fallecida y el recuerdo protector de su hermana. Asimismo, la relación entre el padre y la hermana de Péricourt, teniendo a éste siempre presente.
La novela da para extenderse mucho más, para leerla con lápiz y papel, tomar notas, recoger grandes frases cargadas de mucha mala leche, que aunque comprendan a una sociedad de hace un siglo, no dejan de estar vigentes a día de hoy.
Como hace el autor en el epílogo, hay un personaje singular, Merlin, un funcionario viejo, amargado y marginado, que representa la dignidad y la decencia, que siendo el encargado de un trabajo sucio, acaba sacando a la luz una de esas vergonzantes corruptelas que tanto se prestan en estas circunstancias, del que nadie se acaba acordando, pero que es imprescindible.

viernes, 10 de marzo de 2017

Les vacances de Maigret (Las vacaciones de Maigret).

Cuando voy a la biblioteca y la duda y el apremio por la hora me acompañan, acabo de encontrar en Simenon la solución. Sobre todo con su celebérrimo Maigret.
Les vacances de Maigret ha sido el título afortunado y, como su título indica, es un caso con el que tropieza Maigret durante sus vacaciones en una población de la costa, Les Sables-d'Olonne.


Aprovecha la convalecencia para investigar sobre dos muertes que han acaecido en un breve lapso de tiempo y que tienen un nexo en común, la figura del doctor Bellamy: la primera es la de la cuñada del doctor y la segunda, la de una adolescente que apareció, de forma sorpresiva, durante una visita que Maigret realiza a casa del doctor.
A partir de aquí Maigret se sumerge en la investigación, por iniciativa propia, para esclarecer el asesinato de la joven y empieza a sospechar sobre la naturaleza de la muerte de la cuñada del doctor. Esta fallece en el hospital en el que está ingresada la mujer de Maigret, a consecuencia de las heridas producidas al caer de un coche en marcha. Circunstancia acentuada al recibir, un día antes del óbito, una nota durante una visita al hospital, en el que se le alerta sobre la integridad física de una paciente, que al final, resulta ser la cuñada del doctor.
Desde ese momento, Simenon nos sumerge en el ambiente y la atmósfera de una población de vacaciones, mientras va realizando su investigación, intentando atar cabos con la información que tiene, para llegar a la conclusión final sobre quién ha sido la persona que ha cometido los crímenes.
Como en la anterior ocasión en la que leí una novela protagonizada por Maigret, Simenon parece utilizar al comisario como excusa para trazar un retrato sobre un momento y un lugar, sobre la composición social de una modesta población de costa, en la que hay un pequeño y destacado círculo de la "alta sociedad local", con sus hábitos y costumbres. Maigret transita por todo el espectro social para hallar su objetivo, nos muestra con una mirada nítida la condición de todos los personajes implicados en la trama, sus vidas, como una fotografía compuesta por palabras, plasmando una realidad con una mirada limpia.
Simenon no es un crítico feroz, no me lo parece, pero si que deja constancia de lo que ve y cual es su posición al respecto. El duelo intelectual entre Maigret y el doctor es el ejemplo de esto. La actitud del doctor respecto al resto de la sociedad es insoportable para Maigret, de esta forma, Simenon lanza su pulla sobre esos pequeño caciques de cada población, que imponen un respecto al resto de la población por su condición social.
Al igual que escudriña el entorno social, Simenon disecciona las miserias de la condición humana, como es en este caso los celos. La radiografía de lo general la traslada a lo concreto, en este caso, el amor enfermizo que siente el doctor Bellamy por su esposa, y cómo este mediatiza sus hábitos, como muestra, las llamadas de control a su mansión durante la partida de bridge en la brasserie de la que es habitual.
La resolución del caso, que a mi entender es una excusa para hablar sobre la condición humana, se resuelve en un singular combate dialéctico entre el culpable, confeso, y Maigret. Cómo el confeso, detalla como ha llegado Maigret hasta él y, al mismo tiempo, va iluminando las sombras que acompañan las deducciones de Maigret. La confesión es, a pesar de la falta de pruebas, la liberación del asesino, ya que seguir en libertad podría conllevar nuevas víctimas que el asesino se ve incapaz de asumir.
Simenon acaba siendo un cronista de la sociedad francesa a través del tiempo, utilizando a Maigret como coartada para este fin. Creo que el género es el medio, la excusa, el verdadero objetivo es la Francia de sus épocas, un escritor que escribe durante buena parte del siglo XX, no tiene una sola época.
Ficha del catálogo de la Biblioteca Nacional

miércoles, 11 de enero de 2017

Tiempos de hielo

Volviendo al redil de la singular escritora que es Fred Vargas, me he encontrado con esta joya que es Tiempos de hielo. Nos volvemos a reencontrar con el duo Adamsberg-Danglard, acompañado por la última incorporación relevante al elenco que compone la brigada al mando del singular comisario pirenaico.


En esta ocasión, todo comienza con el aparente suicidio de una anciana, ocurrido tras el intento de ésta de llevar una carta al buzón.
La carta que va dirigida a un acaudalado propietario que es hallado muerto en su casa, con signos de suicidio, pero que, al igual que en el caso de la anciana, el hallazgo de una señal en ambos escenarios, hace que se dude del suicidio como causa de las muertes.
A parte del suicidio, hay dos aspectos coincidentes entre los dos personajes: un viaje a Islandia, que acabó en tragedia, puesto que dos de los miembros de la expedición murieron de forma violenta; y la asistencia a unas recreaciones de las sesiones de la Asamblea Nacional durante el período revolucionario.
La aparición de dos supuestos suicidios más, ambos asistentes a las recreaciones revolucionarias, hace que Adamsberg y su brigada dirija sus pesquisas hacia los asistentes a tales funciones, lo que complica la investigación, ya por el número de asistentes, unos 700, que pueden ser tanto víctimas como verdugos. En el horizonte, Adamsberg y Danglard tienen a la figura de quien interpreta a Robespierre como el objetivo final del asesino.
Entre las dos historias, la de Islandia y la de la Asamblea, se va tejiendo todo un entramado, en el que se embarulla toda la investigación, que lleva de un callejón sin salida a otro igual de inescrutable. A parte, se funden las historias personales de la familia de uno de los asesinados, Masfauré, en la que el viaje a Islandia y el posterior asesinato del patriarca, revelan hechos insólitos y desconocidos para el hijo de Masfauré.
Asímismo, se desarrolla toda una teoría sobre el posible parentesco directo entre Robespierre y la persona que lo interpreta.
Obviamente, Vargas acaba desenredando el ovillo que crea durante toda la novela, quizás de una manera bastante ligera y un poco precipitada, pero es algo, a mi parecer, accesorio, poco importante.
Creo que lo importante es ver como se van descubriendo las verdades que han sido cubiertas bajo una maraña de mentiras, urdidas en un tiempo pasado y en un tiempo presente. 
Intuyo que el periodo revolucionario, sobre todo en el que Robespierre es protagonista, debe ser un tema recurrente, como lo puede ser la Guerra Civil en la literatura y , sobre todo, en el cine español. La fascinación que destila su narración cuando nos narra las recreaciones, cómo estas atrapan a los policías que asisten a ellas, hasta creerse protagonista de aquellas en el momento exacto en el que se produjeron, es algo que te atrapa, que hace que crezca la curiosidad sobre todos aquellos personajes que acabaron de la misma manera, bajo la justicia irreparable de la guillotina.
Lo realmente singular del libro es el paralelismo entre el desarrollo de la investigación, las decisiones de Adamsberg y el efecto que comportan sobre su brigada, como si fuese la misma Asamblea ante los discursos de Robespierre y su aplicación directa. Hay un momento en el que la disposición de los policías en una de las reuniones se asemeja a la distribución de los asistentes a la Asamblea Nacional en aquellos convulsos años de la Revolución Francesa: la Montaña, la Llanura, los moderados, los girondinos...
Las dificultades de la investigación llevan a un enfrentamiento entre Adamsberg y Danglard, como los que se daban en la Asamblea. Un enfrentamiento entre la razón y la intuición, en el que se debate si se ha de aplicar a rajatabla el reglamento por encima de la amistad, con las consecuencias que esto pueda producir. Este es otro paralelismo con Robespierre y su forma de actual, la razón imponiéndose a lo demás, por mi alto y costoso que fuese el precio a pagar, sacrificando a quién fuese, por muy querido que fuese, por el bien de la Revolución, de la rectitud y de la justicia.
Novelas de este tipo son las que hacen que te pique el gusanillo de informarte y de leer sobre temas e historias que tienes aparcadas, medio olvidadas y que parecen tediosas, pero que una vez cierras la contraportada hacen, que aunque sea vía wikipedia, acabes buscando sobre los personajes históricos que en ella aparecen.
Vargas no se mueve ni un milímetro de su estilo y su forma de escribir, sin grandes artificios ni sofisticación y siempre añadiendo pinceladas anecdóticas, como es todo lo relacionado con Islandia, como es la adopción por Adamsberg de la palabra tölva cuando habla de un ordenador personal.
Ficha del catálogo de la Biblioteca Nacional

lunes, 19 de diciembre de 2016

El perro canelo

Esta vez sí, esta vez la novela de Simenon es de Maigret.
Es una breve novela, apenas 140 páginas, sobre un caso que acontece en un pueblo de la costa bretona, en el que se ve involucrada la crema y la nata de la sociedad del pueblo en cuestión.


A la salida del único bar que permanece abierto durante el otoño e invierno en el pueblo de Concarneau, uno de sus cliente habituales recibe un disparo a bocajarro que casi acaba con la vida del mismo. Este hecho es el responsable de que el comisario Maigret se dirija desde París hasta el lugar para intentar encontrar al responsable del disparo casi fatal.
A partir de ese momento se van sucediendo, de manera inusitadamente veloz, una serie de actos delictivos que afectan a un selecto grupo de clientes de dicho bar: un médico, un periodista, un rentista y un industrial, la víctima del disparo.
Maigret es espectador del resto de incidentes, ya que se encuentra en la población desde el día siguiente del incidente inicial. Maigret no deduce, no especula, solo va acumulando información sobre los hechos que acontecen y formándose una idea de la situación.
Junto a Maigret y su ayudante, el grupo del bar, también tenemos como personajes relevantes a la camarera del bar, un vagabundo, el alcalde y el perro que da título a la novela.
Como es lógico, Maigret acaba atrapando al culpable y exponiendo, al final de la novela, como se han desarrollado los hechos y como ha llegado a la conclusión de quién ha sido el culpable de los delitos que se han producido.
No deja de ser una novela negra bastante típica, de las clásicas, es de 1931, pero con ese toque europeo, en el que la sociedad es diferente de la que se relata en los clásicos norteamericanos.
Pero lo interesante no es el caso y su resolución, es el cuadro que nos muestra de la sociedad de un pequeño pueblo costero, de sus habitantes y sus costumbres en una época determinada.
Simenon nos detalla la estructura social de la época, con las fuerzas vivas de la sociedad representadas por el alcalde y el grupo de jugadores del bar, con el resto de la población, gente trabajadora y temerosa, como se puede deducir de la reacción de desconfianza y miedo ante lo que está ocurriendo, sobre todo cuando la prensa se dedica a amplificar el temor y la desconfianza desde esos altavoces que eran los titulares de diarios en esa época.
También hay una pequeña historia de redención y superación, de gente humilde que intenta sacar la cabeza en una sociedad en la que cada uno ha de ocupar su lugar, que es asfixiada por los bancos y el inmovilismo social, que llega a tocar fondo, pero que al final es absuelta por la justicia que no dictan los tribunales.
Es curioso el trato que le da a la figura del alcalde y la prensa. El primero aparece como el valedor y custodio de la formalidad, la paz social y el orden, en la que hay que imponer la calma, aunque sea injustamente y con una cabeza de turco. Lo muestra como un personaje que representa al poder y que se ve sometido a las posible presiones que vengan de instancias superiores a instancias de relaciones de amistad y favores debidos.
Respecto a la prensa, Simenon parece que critica el aspecto sensacionalista de la misma, desde los titulares que se publican, hasta las crónicas que se dictan por teléfono desde el bar del pueblo y de las que el propio Maigret es espectador, y las actitudes de redactores y fotógrafos ante las novedades que ocurren y los nuevos personajes que aparecen.
Es de un lenguaje sencillo, correcto, sin adornos ni artificios, sin excesos descriptivos pero muy concreto y efectivo, ya que hace que la historia vaya fluyendo con un ritmo adecuado y constante. En definitiva, una buena lectura, sencilla y estimulante.