miércoles, 21 de septiembre de 2016

Los crímenes del jorobado

No sé como tratar este libro, curioso sea la palabra más adecuada. Para justificarlo, contextualizo. La novela no se concibió como tal, sino como como un serial por entregas en un diario de los años 1930 en Japón, creo. Además, está narrado en primera persona, rememorando unos hechos ocurridos tiempo atrás.

Los crímenes del jorobado son las desventuras de Minoura, un joven que se enamora de una compañera de trabajo, pero que a partir de aquel momento comienzan a cruzarse en su vida una serie de desgracias, desde el asesinato de su novia, al asesinato de un amigo de Minoura que investiga la muerte de Hatsuyo y cree tener la solución hasta las desventuras que vive para poder resolver los crímenes y encontrar al culpable.
Junto a Minoura nos encontramos con Moroto, un joven médico, algo mayor que Minoura, que está enamorado de este y que una vez que es rechazado, decide contratar a una casamentera para intentar casarse con Hatsuyo, como venganza contra Minoura.
Al final, la sucesión de asesinatos, entre los que se incluye los de un pequeño acróbata de circo en casa de Moroto, hacen que éste se replantee su odio hacia Minoura y se dedique en cuerpo y alma a ayudarlo para encontrar al culpable.
Las investigaciones les llevan a la isla donde creció y donde todavía vive la familia de Moroto. En la isla viven una serie de peripecias para tratar de confirmar la sospecha que tienen, que el asesino es el padre deforme de Moroto. La isla está llena de personas que presentan todas un defecto físico, resultado del odio que tiene el padre de Moroto al mundo, llegando a crear dichos tullidos y deformes, mediante sádicos comportamientos, tales como encerrar a un niño en una caja con la cabeza fuera, para evitar que su cuerpo se desarrolle con normalidad, con el objeto de venderlos como atracción de ferias, una cosa bastante habitual en aquellas épocas.
La novela es un homenaje a las novelas de detectives del siglo XIX, las de Edgar Allan Poe y las de Arthur Conan Doyle, ya que cita en alguna ocasión a los detectives de cabecera de ambos: Dupin y Holmes. La novela está escrita con ese mismo estilo, de ir diciendo cosas pero dejando cosas por esclarecer, para retomarlas posteriormente cuando se esclarecen los hechos, cosa que critica en la novela, pero que él hace.
Es una curiosidad, no es una novela crucial, ni caudal del género, es una singularidad, tanto por la forma de escribirla, por como trata el tema, por la trama (que es muy clásica, crimen-investigación-resolución) y por como trata algunos temas, que para la época nos creeríamos que eran más tabús.
Es curioso el tema de la homosexualidad, tratado con bastante naturalidad, pero en el que está todavía muy presente ese prejuicio y esa manera de definir la orientación sexual como una perversión y una aberración.
Luego está todo el papel de los discapacitados y su constante presencia en la novela, se puede intuir una cierta crítica a su confinamiento, visto que son vistos como algo anormal, como una anomalía en la sociedad que debe esconderse. El capítulo final parece entrever esta posición.


Sobre los personajes, poca cosa a decir, son muy típicos y tópicos de aquella forma de escribir: villanos, héroes fortuitos y timoratos, víctimas con muertes trágicas y una resolución feliz, a pesar de la cantidad de sangre derramada y de los infortunios de las víctimas.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Peores maneras de morir.

Estamos ante la última entrega del comisario Méndez, aquí se acaban las aventuras, desventuras y los pensamientos del singular inspector de la policía que se mueve por lo más recóndito de la geografía barcelonesa.
Y es la última entrega por que, por desgracia (aunque no hay nada eterno), el autor, Francisco González Ledesma falleció un par de años después de publicarla.
Nos encontramos de nuevo a Méndez mezclando lo mejor y lo peor de la sociedad, los barrios altos y luminosos, con los barrios bajos y grises, lo que no quiere decir que haya una correlación entre lo mejor y los barrios altos y lo peor y los barrios bajos. Básicamente, hay una mezcolanza de todo.


A partir del asesinato de dos mujeres en un piso de un edificio que está a punto de ser desalojado para su demolición, González Ledesma nos introduce por el sórdido mundo de la prostitución y de la trata de blanca, bueno, el comercio de mujeres, sea cual sea el color de su piel, para dotar a los burdeles de todo tipo, clase y distinción de mercancía necesaria para satisfacer la demanda de todo tipo y condición.
Con Méndez volvemos a descubrir un sinfín de personajes de todo pelaje, pero en esta ocasión, se centra en gente de postín, abolengo y gran cartera, sobre todo gran cartera. En la procesión de personajes nos encontramos con el magnate del tráfico de carne, que obviamente está muy bien relacionado (participa en los programas de caridad del obispado); una joven ucraniana, obligada a prostituirse, que huye de la organización y que usa todo su odio para huir y vengarse; una mujer de la alta sociedad, joven viuda, que dedica toda su vida a la caridad y la virtud católica; una vieja ex-prostituta que acoge a la fugitiva ucraniana, en la que le pesa la pérdida de un hijo cuando era joven; y un sinfín de sicarios sin entrañas, ni escrúpulos, todo frialdad, entre los que destaca un castigador profesional de fugitivas, el cual tiene un final atroz (desde el punto de vista masculino).
Ledesma trama una historia como excusa para hablar de lo de siempre, de la falsedad de la sociedad, de la ley y de la justicia. A la trama solo se le puede pedir consistencia, que tiene en gran parte, aunque quedan hilos colgando. En esta ocasión Méndez es menos Méndez, sobre todo por que Barcelona deja de ser un personaje, pasa a ser un mero escenario, ya no hay esa añoranza de un pasado, no se sabe si mejor, pero sí con un espíritu, una humanidad que la actual ciudad no transpira.
Tengo la sensación que esta novela fue más una obligación que un deseo o resultado de la voluntad, una manera de cerrar el círculo del carismático y singular inspector, pero que no ha conseguido ese objetivo. No se puede decir que sea un mal libro, pero no es más que un libro correcto, pero al que le falta alma, mucha alma, toda la que en otras ocasiones destilaba el protagonista, como observador privilegiado de los lugares más y menos privilegiados de la ciudad.
El tema sobre el que escribe, el tráfico de mujeres y la ley, cómo la ley no castiga al traficante con la contundencia que debería, habida la magnitud del delito y la falta de escrúpulos y moralidad, es algo que está ahí, que no está disfrazado, ni escondido, que está en las calles y en las carreteras, a pie de asfalto o en los innumerables clubes de neón que salpican toda la geografía, pero que hay otro nivel, uno en el que en los lugares más discretos y más refinados, se pueden encontrar verdaderos pozos de cieno en lo que se hunde la condición humana, tanto la de la mercancía como, más aun, la del comprador.
Hay momentos en los que parece que tanto Méndez, como el propio Ledesma, hayan perdido la fe en la humanidad, en la justicia y en la ley, sobre todo en la ley, y que a pesar de ser un personaje con cierto aroma reaccionario, no pierde la noción de justicia en ningún momento, pero parece no creer ya en la democracia y sus valores, de los cuales siempre ha sido escéptico, sobre todo empieza a dejar de creer en el que todo el mundo tenga derecho a la vida, sobre todo aquel que no ha respetado nunca la ajena, ni su vida, ni su libertad.
Hasta aquí llegó Méndez, siempre nos quedará su re-lectura, sobre todo para recordar aquellas calles que, el dinero, la avaricia y el olvido, han hecho desaparecer y que se van difuminando en nuestro imaginario y recuerdo.



miércoles, 17 de agosto de 2016

F

Este es un libro en el que no he entrado en ningún momento. Supongo que es por como está estructurado, son diversos momentos en la vida de una familia singular: un padre que tiene tres hijos con dos mujeres diferentes, dos de los cuales son gemelos. En la primera parte, nos encontramos con el padre que lleva a sus tres hijos a un espectáculo de hipnotismo, que tendrá unas consecuencias drásticas en la vida de todos, en especial del padre. Esta primera parte narra este hecho y cómo se conocieron los tres hermanos.




La parte central trata sobre como ve su vida cada uno de los tres hermanos en relación a su elección en la vida, tanto en lo personal como en lo profesional: uno se ha hecho cura, es agnóstico, bueno falto de fe, poco ambicioso y glotón; uno de los gemelos es un supuesto gestor de patrimonios de éxito, pero al que la falta de crítica y el rodearse de mediocres, para enmascarar su propia mediocridad, le lleva a malas inversiones y a tapar agujeros de unos provocando otros en otros y que todo su afán en la vida consiste en hacer lo que todo el mundo espera que haga, a parte de su adicción a la automedicación; y por último, el otro gemelo, que es crítico de arte, homosexual y pintor, relativamente, frustrado, digo relativamente por que consigue hacer de un pintor semidesconocido a alguien imprescindible en cualquier pinacoteca, pública o privada, pero que en realidad es él quien pinta y no el pintor. 
La parte final es un intento de reconducir todo lo anterior, usando como guía el funeral del hermano dado por muerto. De hecho, lo está, pero como muere en un lugar que nadie conoce, no lo saben a ciencia cierta, pero se le declara fallecido.
Creo que es un libro sobre expectativas, las propias y las ajenas, de como cumplirlas para no defraudarse a uno mismo y, sobre todo, a los demás. Es un libro en el que se cuestiona todo a nivel personal: fe, familia, amistad, felicidad, coherencia, legalidad, relaciones sociales. Viaja sobre un sinfín de aspectos de la forma de vida actual, la occidental y la eminentemente urbana, dejando en el texto reflexiones sobre cada aspecto: desde la televisión, a la forma de hacer dinero, el valor del arte, la notoriedad pública, las modas... Mediante reflexiones de los personajes deja el tema flotando para que el lector haga la correspondiente reflexión sobre cómo actuamos, cómo debemos actuar y si tanto lo uno como lo otro tiene un sentido cierto.
La forma de narrar es algo difusa y confusa, creo que es lo que hace que cueste llegar a entrar en el libro, de descubrir cual es el ritmo narrativo y el sentido que debe tener la estructura del libro. Es por todo esto que el libro me ha dejado frío, ni me ha gustado, ni me ha desagradado, dejándome con una sensación extraña y con la indecisión de si volveré a leer otro libro de Daniel Kehlmann.

miércoles, 27 de julio de 2016

La neu era bruta.



Es la primera novela que leo de Georges Simenon, cogida al vuelo de las estanterías de la biblioteca y sin mirar el resumen de la contraportada. Simenon es famoso por crear al inspector Maigret, por lo que deducí que la novela estaría protagonizada por el mismo. Pues no, nada que ver con el celebérrimo personaje.



Una vez superada esa pequeña sorpresa, o absurda deducción, creo que la decisión fue acertada. Que el azar me guiase a la hora de elegir la primera lectura de Simenon.
La novela discurre en la Francia ocupada por los nazis, durante un invierno y el protagonista es un joven, un crápula, un vividor, hijo de una madame que regenta una casa de citas en un piso de un bloque de apartamentos, de la ciudad en cuestión.
La novela está estructurada en tres partes. En la primera, se describe el ambiente y los círculos sociales, de los bajos fondos, básicamente, por los que se mueve Frank y como se desarrolla la vida de los habitantes de la casa de citas: el propio Frank, su madre, las chicas, y, por extensión, de los vecinos. El hecho de dedicarse a la prostitución les otorga un estatus económico que es la envidia de sus vecinos, a los que Frank trata y mira con desprecio.
En la segunda parte, Simenon profundiza en Frank y ese desprecio que siente hacia el resto de la sociedad y este alcanza la cumbre cuando, una vez seduce a su vecina, la engaña haciéndola creer que se van a acostar juntos y pretende entregársela a un socio de fechorías. El plan se desbarata y supone un punto de no retorno en la vida de Frank, por todo lo que acaba provocando en su interior y en su forma de ver la vida. Este cambio de perspectiva no es inmediato, es paulatino, y se acusa en el momento en que es arrestado y llevado a un colegio donde permanece confinado y es sometido a continuos interrogatorios.
La tercera parte comprende la mayor parte de su reclusión y de como Frank se la toma como un desafío contra sus interrogadores, contra el mundo y contra sí mismo. Como en una carrera de fondo, en la que sabes que no tienes fuerzas para llegar a la meta, pero que te esfuerzas por llegar lo más lejos posible.
Bueno, el libro es mucho más complejo que lo hasta aquí explicado, sobre todo en lo referente al protagonista y su evolución. Pero también está todo el trasfondo en el que se desarrolla la historia. Una ciudad ocupada, en guerra, con todas las dificultades, la escasez, la necesidad, el miedo, el hambre, la traición, la codicia, la venganza, el odio, la envidia... Todas las miserias humanas puestas en un escaparate, de forma directa, pero sin artificios, ni buscando ningún tipo de sensacionalismo.
Es un reflejo de la naturaleza humana: las relaciones de poder a todos los niveles; las relaciones con el poder; la ocupación y sus lagunas, esos vericuetos entre los que los más listos, los que tienen mejores contactos, los que tienen menos escrúpulos encuentran su modus vivendi, que les permite no padecer el rigor de la guerra como al resto.
Destaca la última parte, en la que parece haber una especie de reto entre Frank y su interrogador, al que le atribuye unas capacidades y una inteligencia que le suponen un reto, que sabe que va a perder, pero que su motivación no es otra que hacer que el reto dure el máximo tiempo posible.
Creo que el gran acierto de esta novela es que no es lo que parece, que cuando la trama parece que discurre en un sentido y hacia un desenlace, realiza un giro completo, tanto de trama como de temática. Lo que comienza siendo una novela sobre los bajos fondos en una ciudad ocupada va derivando hacia la introspección, la reflexión y la expiación de los pecados del protagonista.

miércoles, 13 de julio de 2016

El ejército furioso.

Cuando acabo una lectura, rara vez planifico la siguiente, aún sabiendo que quedan pocas páginas. Cuando me sucede acaba recurriendo a uno de mis habituales, en esta ocasión fue Fred Vargas, de la que ya me queda poco por leer, así que me toca buscar otro habitual.
Y Vargas o es Adamsberg o son los Tres Evangelistas, pero principalmente es Adamsberg, como es el caso.



En esta ocasión, a partir de un homicidio perpetrado con miga de pan, Adamsberg regresa a Normandía, donde llega tras escuchar los ruegos de una madre que le explica que su hija ha visto a un ejército fantasma que anuncia la muerte de aquellos que deben pagar por sus fechorías, pero que la justicia y la ley no han sido capaces de hacerles pagas. Paralelamente, se encuentra con el asesinato de un magnate industrial, miembro y pilar de la sociedad y, casi, del estado francés. El magnate aparece quemado en su coche, modus operandi que apunta a un joven extrarradial que se dedica a quemar coches de alta gama, pero siempre vacíos.
Ambos casos corren en paralelo, pero son los acontecimientos que transcurren en Normandía el eje de la narración.
Volviendo al argumento, durante la visita, ante la curiosidad que despierta en la singular mente de Adamsberg, aparece muerto uno de los condenados por la Mesnada Hellequin, que es como se llama el ejército en cuestión, y es agredida una anciana con la que Adamsberg entabla cierta amistad, y que descubre el muerto.
Desde ese momento, se inicia la investigación para averiguar quien ha sido el asesino y sí es cierta toda la palabrería que corre alrededor de la leyenda de la Mesnada, si los otros que fueron anunciados como víctimas mueren o no. Los acontecimientos parecen dar cierta credibilidad a la leyenda, ya que los otros dos anunciados aparecen asesinados, pero, a pesar de que Adamsberg es muy dado a no despreciar leyendas y mitos, también lo es a que exista una lógica, a la que llega de forma retorcida e intuitiva, en todo lo que ocurre.
Como siempre con Vargas, el desenlace suele ser bastante ingenioso, poco previsible, encajado con cierta lógica en el desarrollo de los hechos y en la forma de ser de los personajes.
Creo que el principal mérito de Vargas es la composición de todos sus personajes, el construir unos personajes altamente singulares, que un sinfín de particularidades, que supongo, reflejan la diversidad humana, pero que lo hace más latente al hacer que sus particularidades sean altamente extremas. En esta ocasión, destaca Émeri, un policía que es descendiente de un mariscal napoleónico y que toda su vida y personalidad gira alrededor de su devoción hacia él. Todo el personal al servicio de Adamsberg es singular y particular, todos están lejos de la anodina normalidad.
Vargas sin buscar, como sí hacen otros cultivadores del género, un sentido crítico a sus novelas, siempre deja una composición en la que se ven muchos de los déficits humanos: avaricia, codicia, odio, venganza, rechazo, temor a lo desconocido y lo oculto...
La creencia en la Mesnada es el ejemplo claro de ese temor, de como lo irracional se convierte en tradición y se incuba en la mentalidad de una sociedad, a pesar de que los argumentos racionales y la falta de pruebas constaten que no existe motivo para ese temor.
Las novelas de Vargas no dejan de ser una dicotomía entre la razón y lo irracional, cosa que se refleja en la pareja Adamsberg-Danglard. Danglard es la mano derecha de Adamsberg y refleja toda la racionalidad, el sentido crítico y el método científico, contrapunto a Adamsberg, que se mueve mucho mejor en el campo de la intuición, de los sentidos, de lo etéreo para acabar llegando al mismo fin, que es impartir justicia.
Es una lectura llevadera, bastante ágil, que no defrauda, ya que sigue los cánones que Vargas ha marcado para este personaje, para lo bueno y para lo malo, pero que parece no agotar al personaje, como sí que ocurre en otros casos. Creo que el peso de la vida y los tormento personales del protagonista son muy puntuales y no son una losa que deba soportar, no como pasa con otros novelistas, donde esa carga se hace excesiva y acaba agotando al personaje.

martes, 28 de junio de 2016

El péndulo de Foucault.

Había oído de la inaccesibilidad que suponía la lectura de El péndulo de Foucault, rumores, no sabía por entonces si con fundamento o sin él.
La cuestión es que El nombre de la rosa me gustó, a pesar de que las primeras 150 páginas se me hicieron cuesta arriba; pero La isla del día después me dejó bastante perplejo. Al final, la curiosidad se impuso y me puse manos a la obra.
Tengo el defecto/manía/virtud de leer, fundamentalmente, en el metro. Lo cual no favorece la lectura de según que libros. Éste es uno de ellos.
Creo que es un libro que no deja a nadie indiferente, o lo adoras o lo repudias. Es un libro de los que te puede provocar el abandono de su lectura, la tentación ha existido, pero mi tozudez ha sido mayor y acabé su lectura.
De lo dicho, se desprende que no ha sido una lectura que me haya gustado, no es que sea mala, es que es muy cansina, pesada y recargada. 
Sacando la escopeta se podría definir como un ejercicio de erudición sobre la cábala, los templarios, los rosacruces, sectas, sociedades secretas, masonería y cualquier superchería organizada alrededor de personajes singulares.
Me voy a inventar una forma de definir su desarrollo. Es como un 9, es una historia circular, el inicio es casi el final, y que tiene un final lineal, cronologicamente hablando. Vamos que la mayor parte del libro es el circulo superior del 9 y el final el palito.
Al final del libro me he quedado con la duda de si todo es un invento o una paranoia del narrador, Casaubon, o si es real.
Sobre el argumento, a partir de un mensaje a medias proporcionado por un "estudioso" de la Orden del Temple, tres eruditos se dedican a su descifrado y a buscar el plan que se supone que existe a partir de lo descifrado. A partir de ese momento es un ir y venir de templarios, caballeros, reyes, sabios, religiosos, cabalistas, aventureros, iluminados... que intentan encontrar el eslabón perdido del plan trazado por los templarios a partir de su disolución, que se supone que se tendrá que explicitar en un futuro lejano.
El libro es complejo, básicamente por el exceso de información sobre lo oculto, además aderezado con lenguaje literario, lo que hace que su lectura requiera un alto poder de concentración. Tiene muchas reflexiones interesantes, pero se diluyen bajo ese corpus del secretismo templario, cabalístico.
Lo que no me ha quedado claro es el partido que toma el autor sobre el tema que sobrevuela en toda la novela, la cuestión de la fe, de la ciencia, del saber. Parece, en muchas ocasiones, que se posiciona en ese origen mágico, ancestral del saber, que sin ser científico, que está plagado de superchería y supersticiones, cómo algo superior a la propia razón y ciencia.
Parece que le moleste la arrogancia de la razón de la ciencia sobre las creencias primigenias. Parece que sacralice el saber espiritual, pero, quien sabe, igual su intención es la opuesta, de ahí mis dudas.
Tiene momentos en los que deja al descubierto las contradicciones entre la teoría y la práctica a todo los niveles: político, social, económico. Hace que los que son defensores de la razón, inmersos en su búsqueda del secreto templario, cada vez son más escépticos, tienen menos problemas en creer cosas que son incongruentes.
Otro problema que le encuentro, son las historias en paralelo que aparecen, para acabar siendo irrelevantes para la historia: los recuerdos de la II Guerra Mundial de Belbo, la estancia en Brasil de Casaubon...
Parece el manual del conspiranoico, apararecen todas las conspiraciones y todos los teóricos culpables de los males del mundo: templarios, judíos, jesuítas, rosacruces, masones e infinidad de otras sectas, ritos, adoradores, fieles y seguidores de mitos y leyendas, de oriente, de occidente, de África, de Asia...
El libro tiene un desarrollo muy lento, debido al afán enciclopédico y a las idas y venidas de las diferentes subtramas. Cuando parece que coge ritmo, a partir del segundo tercio, llegamos a un final bastante absurdo y retorcido, para acabar de forma insulsa y apresurada.

martes, 24 de mayo de 2016

El asesino de policías

Otra vez novela policíaca, pero nos vamos a Escandinavia. Pero no, no es ninguno de los autores actuales, los que se han puesto de moda a partir de la trilogía de Millenium de Stieg Larsson (tetralogía, ahora, para seguir exprimiendo a la gallina de los huevos de oro).

No, en esta ocasión el libro en cuestión es de los precursores, para Henning Mankell sus maestros, de la actual ola de novela negra nórdica, Maj Sjöwall y Per Whalöö. Es uno de los diez libros de esta pareja de escritores que protagoniza el comisario Martin Beck. Sí, es una costumbre de la mayoría de escritores del género el tener un personaje que articule toda su obra. ¿Será por querer convertirlos en casi mitos, como hizo Arthur Conan Doyle con su Sherlock Holmes? Quien lo sabe.


La novela trata sobre la investigación que inicia Martin Beck, como Jefe Nacional de Homicidios, sobre la desaparición de una mujer en pueblo de Escania, al sur de Suecia. La investigación gira en torno a dos sospechosos: el ex-marido de la desaparecida y un condenado por delitos sexuales (que aparece en la primera novela de estos autores Roseanna) que tiene como vecino. Las primeras pesquisas se centran en saber si la mujer se ha ido por su propia voluntad o si está muerta. Hasta aquí, no deja de ser lo clásico, investigar e interrogar a los posibles sospechosos para saber cual ha sido el destino de la desaparecida. Finalmente, unos excursionistas hallan el cadáver de la desaparecida, y a partir de ahí comienzan las pesquisas para hallar al asesino. En medio de la trama, se inserta otra trama, que parece no tener ninguna relación, en la que, tras un tiroteo, mueren un ladrón, un policía, de forma accidental, y resultan heridos dos policías más, mientras que huye un segundo ladrón. Es la caza de este "asesino de policías", la que lleva a descubrir el elemento que permite atrapar al culpable del asesinato de la desaparecida.

La curiosidad del libro es ver como se resolvían los casos apenas hace 40 años, ya que la novela es de 1974. Como las técnicas de investigación y los medios nos parecen tan antiguos, donde un ordenador es algo testimonial, donde no hay teléfonos móviles, ni internet, ni tan siquiera existían los análisis de ADN.

Sobre el protagonista, Martin Beck, parece ser una persona escéptica, taciturno, meticuloso, analítico, tanto en su trabajo, como en su vida personal. Es el cronista de la sociedad sueca de ese momento, ejerce como tal, disecciona y trata de explicar el porqué de los hechos, ya sean en el ámbito de la investigación, como en sus relaciones laborales, sociales y personales. Es un ojo crítico, que se cuestiona hasta a sí mismo.

Narrativamente, es bastante sencillo, no hay florituras, ni adornos, se va al detalle en aquello que puede ser pertinente en una investigación, con su vocabulario técnico, pero para nada en exceso. El objetivo es contar una historia y articularla para que todo tenga sentido. Como casi el 99 % de las novelas de este género, el desenlace es acelerado. Una vez tienes la prueba, todo pasa muy deprisa. Creo que es una cosa que no saben solucionar, o quizás, si todos hacen lo mismo, no hay otra forma de hacerlo.

Vayamos a lo realmente interesante del libro. Para Maj Sjöwall y Per Whalöö, la novela negra es una excusa, un vehículo, una forma amena y poco farragosa para hablar de como está el mundo y la sociedad en la que viven. La crítica que cae sobre la sociedad y la política sueca de esos años, recordemos que es el año 74, una vez ha estallado la crisis del petróleo, es feroz: se critica al gobierno, al estado de derecho, a la politización de la policía, la corrupción, la falta de expectativas para los jóvenes, a la degeneración de las prácticas policiales, la represión, la prensa y su tendenciosidad y amarillismo. Leyendo este libro, el mito de la socialdemocracia se derrumba como un gigante con pies de barro, como si fuera una leyenda a la altura de la Atlántida.

De todas las críticas que vierten sobre la Suecia de aquellos años, los autores van dejando un ejemplo: la construcción de un aeropuerto sobre unos terrenos bañados por la niebla constantemente; caravanas de periodistas persiguiendo a los inspectores; la desidia de los policías ante un hecho delictivo; la toma de decisiones de mandos policiales para poder salir en la prensa y contentar a la opinión pública, sin tener pruebas suficientes; el choque generacional y la delincuencia juvenil como respuesta; las detenciones arbitrarias de jóvenes, con pintas sospechosas, y de forma contundente, sin ahorrar violencia gratuita. Son muy críticos con el derroche en material policial, innecesario y sobre todo con los equipos antidisturbios. Ya tenían la sensación que tenemos en la actualidad, que todo se cocina entre cuatro familias, de banqueros, industriales y políticos, y que el resto estamos para poder cumplir sus expectativas de beneficio.

Es una lectura muy recomendable, sobre todo por todo aquello que no tiene que ver con la investigación, sino lo que tiene que ver con la sociedad en la que acontecen hechos como el investigados. Nos abre los ojos ante muchos de los mitos de la tan admirada sociedad escandinava. Esto me hace reflexionar sobre como era la situación por estas latitudes en aquellos mismos años. ¿Hubiesen sido capaces de poder hacer el mismo ejercicio literario o al ver el panorama se hubiesen dedicado a otra cosa?